Fabricando el consenso: Naturalización de la desigualdad de género

Somos criados por una gigantesca pantalla de plasma que nos muestra en alta definición una catarata interminable de comunicación comercial – las mil formas que puede adoptar la camaleónica publicidad -, a través de la cual se nos enseña cómo debemos ser, cómo debemos pensar, por qué debemos reir, por qué llorar, cuáles son los límites de nuestra conciencia y de qué se trata el ejercicio de la libertad. Somos consumidores, con derecho a consumir, en una sociedad consumista que consumiendo se consume a sí misma. Somos sujetos de la opinión de otros, y tenemos el derecho de escuchar. La libertad de expresión, es la libertad que tenemos para repetir entre nosotros lo que otros ya han dicho en televisión.
Gracias al esfuerzo común del emprendimiento privado y las políticas públicas enfocadas en garantizar al menos un televisor por cada hogar, los manipuladores y los vendedores de ilusiones se aseguran una difusión que jamás soñó el más ambicioso de los predicadores. El poder de persuasión que alcanzan “no depende del contenido, la mayor o menor fuerza de verdad de cada mensaje, sino de la buena imagen y de la eficacia del bombardeo publicitario que vende el producto. En el mercado se impone un detergente como en la opinión pública se impone un presidente.”(3) Así como la propaganda mediática debe propiciar las condiciones de posibilidad para la imposición “democrática” de un candidato “presidenciable”, el spot publicitario no sólo impone una marca de detergente, sino también el modelo de feminidad necesario para consumir ese detergente y esa marca.
¿Cómo es posible que sigamos contribuyendo día a día con un proyecto político fundado en la depredación de los recursos naturales, en la discriminación, en la manipulación mental, emocional y física de las personas? ¿Cómo es posible que sigamos contribuyendo con un proyecto político cuya propaganda promociona con cuerpos bronceados y sonrisas resplandecientes todo tipo de injusticias y desigualdades?
El que un proyecto político contrario a los intereses de las mayorías se sostenga y perpetúe, es debido a un cuidadoso porceso de fabricación del consentimiento público a través de los distintos dispositivos de propaganda del poder. A través de la propaganda, el poder fabrica el consenso social necesario para perpetuarse repitiendo de mil formas hasta el infinito una determinada visión del mundo, una visión de lo que es un hombre y una mujer – ¡de lo que deben ser!-, junto con unos valores específicos para habitar ese mundo según seas de uno u otro bando – ocultando las desiguales relaciones de poder entre los sexos detrás del brillo encantador de las imágenes ideales publicitarias.

Esta forma de violencia invisible que se ejerce por intermedio del aparato de propaganda del poder, deja marcas, marcas psíquicas, da forma a las subjetividades de las mujeres, delimita las fronteras de las conciencias, moldea los “cuerpos dóciles”, y normativiza los deseos. Es decir, configura a nivel psíquico una visión del mundo, unas normas y unos valores para habitar ese mundo, provocando la naturalización de la injusticia y la desigualdad.

En muchos casos, las únicas herramientas que nos quedan para pensar el mundo y para pensarnos a nosotros mismos son las que nos provee el discurso monolítico y unidireccional de la propaganda. Los mitos sociales que hablan del “ser mujer”, que organizan las prácticas específicamente femeninas y le otorgan sentido a la vida de las mujeres, tales como el de la “mujer=madre”, el mito de la pasividad erótica femenina, el amor romántico, la mujer subordinada a la ética del cuidado, o la mujer objeto, como “ser de y para otro” – narrativas todas ellas que inferiorizan y desigualan la posición de la mujer con respecto al hombre-, circulan masivamente a través de la publicidad, de forma estereotipada, ligando irracionalmente este imaginario social con el imperativo consumista del mercado. Estos mitos no están representados de manera ingenua en las narrativas publicitarias, sino que respaldan un proyecto político específico: fabricar la mentalidad sumisa en la población, construir consumidores autómatas, dóciles y fácilmente manipulables.


A través de los distintos dispositivos de propaganda (publicidad -mayormente-, cine, revistas, programas de televisión, industria de la música, etc.) los centros de poder van direccionando estos imaginarios sociales por los caminos más redituables. Y de este modo, logran crear en la población una “ilusión de decisión personal”, una ilusión de libertad, a la vez que consiguen – de una manera tan sutil como eficaz- emparejar los anhelos y deseos de las mujeres y los hombres, de las chicas y los chicos, con sus propios intereses estratégicos.

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(3) – Eduardo Galeano, “Patas arriba: la escuela del mundo al revés”, 1998, Ediciones S.XXI
Fuente: Proyecto Squatters – ¡Saltá la valla!

Una respuesta to “Fabricando el consenso: Naturalización de la desigualdad de género”

  1. Pato Says:

    Muy bueno.

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