¿Cuál es la verdadera naturaleza de la Publicidad? (Primera aproximación)

Analizada desde una perspectiva política, la publicidad no parecería ser otra cosa más que la máscara mediática con la que las empresas y corporaciones privadas intentan, día a día, influir sobre nuestras conciencias. Una de las condiciones necesarias para su éxito es la intrusión masiva, tanto directa como subliminal, sobre el pensamiento conciente e inconciente de la población. Y la repetición… la repetición sostenida e hipnótica del mensaje publicitario.
“Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”, sostenía Joseph Goebbels*, haciendo referencia a la efectividad de la propaganda.

Los oligopolios** internacionales y los grandes capitales conocen esto muy bien, por lo que se hicieron rápidamente con el monopolio global, también, de la comunicación pública por intermedio de la publicidad y los medios de comunicación masiva. De este modo, llevan a cabo la más gigantezca campaña de propaganda y adoctrinamiento ideológico a escala global jamás concebida en la historia.

Esta permanente provocación mediático-publicitaria ejercida directamente sobre nuestras conciencias hay que entenderla en este contexto no como un conjunto de anuncios independientes o aislados (de tal o cual marca, por ejemplo), que puede causar poca impresión, sino que debe ser entendida en términos del “impacto acumulado” que causa la repetición permanente de un discurso infinito y monotemático como es el discurso de la publicidad, de día y de noche, filtrado en cada espacio vital de nuestras vidas, y más aún, instalado en nuestras conciencias.

La fuerza colectiva de la maquinaria mediático-publicitaria lanzada contra las poblaciones integra todo un modelo y paradigma de creencias y comportamientos destinados a fabricar un tipo ideal de sujeto: un consumidor, dócil, sumiso y obediente. Y no sólo para orientar nuestro pensamiento e influir en nuestra conducta, sino, sobre todo, para ocupar nuestro contenido de conciencia con cierta información y no otra, determinando nuestra percepción sobre las cosas del mundo. De este modo se nos oculta la verdadera naturaleza de la realidad y se nos mantiene idiotizados, alejados de la lucha legítima por la defensa de nuestros intereses.

Los monopolizadores de la comunicación publicitaria mundial bien saben que “en la propaganda, como en el amor, todo está permitido para lograr un fin.”*

La verdadera naturaleza del mensaje publicitario nos es algo desconocido, aunque padecemos a diario este tipo de violencia simbólica. Los anuncios publicitarios aparentan ser lo que no son: venden una imagen de juventud, alegría, liviandad, cierta fivolidad, frescura, muchas veces rebeldía, inconformismo social; se pretenden creativos, innovadores y hasta a menudo se embanderan con un espíritu pseduo-revolucionario; pero en realidad, los anuncios publicitarios son producciones institucionales elaboradas al detalle, en su mayoría totalmente acordes con el talante conservador del sistema, y juegan un papel más que relevante en el mantenimiento de un determinado statu quo.

Más allá de la escena frívola y afectada de los publicistas, diseñadores y agentes de relaciones públicas, la industria de la publicidad entraña un sentido político mucho más profundo que simplemnte dar a conocer un producto para su venta y fomentar la libre competencia de mercado, tal como pretenden sus defensores, sino garantizar el completo dominio de los oligopolios y los grupos de poder por sobre el resto de los habitantes, sostener y profundizar la distribución desigual de la riqueza en las sociedades, estimular la concentración de los recursos y el poder en manos de los que más tienen, agudizando la desigualdad social y la exclusión.

La industria de la publicidad es utilizada por los grupos de poder para conducir nuestras necesidades y nuestros deseos hacia ciertos estilos de vida, hacia niveles de consumo que posibilitan y consolidan su hegemonía, y en definitiva, hacia la perpetuación de una sociedad desigual, social y ambientalmente explotadora.

Entonces, ¿qué hay de cierto y qué es falso en lo que nos dicen las empresas y corporaciones a través de la publicidad? ¿Sólo intentan vendernos un producto?

Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda Nazi, decía que para dirigir a las poblaciones “No hay necesidad de dialogar con las masas, los slogans son mucho más efectivos. Éstos actúan en las personas como lo hace el alcohol. La muchedumbre no reacciona como lo haría un hombre, sino como una mujer, sentimental en vez de inteligente…”. De sus preceptos han tomado buena nota los grandes explotadores.

A través del discurso monolítico de la publicidad se instala en la sociedad un pensamiento único, lo que llamamos “cultura de masas”. Que no es otra cosa que el adoctrinamiento de la muchedumbre por parte de los grupos de poder, por intermedio de la propaganda masiva.

Cuando Goebbels decía que la muchedumbre reacciona de forma “sentimental” en lugar de “inteligente”, se refería a que la masa responde de manera irracional en lugar de intelectualmente, y suponía que estimular la reactividad emotiva en la masa era suficiente para dominarla, tal como si se tratara de niños (o lo que para él era lo mismo: mujeres).

Aplicando el mismo criterio que el Ministro de Propaganda Nazi, las corporaciones y oligopolios privados han transformado la industria de la publicidad en una maquinaria informacional preparada para infantilizar a la muchedumbre, de modo tal que resulte dócil y fácilmente gobernable.

Por eso, a través de la publicidad se estimula en las audiencias un modo de funcionamiento mental infantil, omnipotente (“¡Todo es posible comprando tal o cual producto!”) e incapaz de tolerar la frustración (“¡No te quedes fuera! ¡Llame ahora!”). El consumidor ideal es estimulado en sus sensaciones, en sus emociones, y está encomendado, como un niño, a regirse preponderantemente por los caprichos de sus deseos, los cuales deben ser inmediatamente satisfechos. El colorinche, el griterío, la ocurrencia y el chiste fácil, las situaciones fútiles y fantásticas mezcladas con un alto contenido erótico en las producciones publicitarias, están destinadas a perpetuar la adolescencia en los más jóvenes e infantilizar la vida adulta.

La publicidad, la propaganda del capital, estimula el pensamiento infantilizado, omnipotente e incapaz de tolerar cualquier frustración. Son precisamente estas, las condiciones mentales requeridas por los grandes explotadores para fabricar la mentalidad sumisa, dependiente, y concretar la feliz unión del sujeto y el objeto publicitado (sea este un bien, un servicio, un candidato político, una “pandemia” o una guerra “contra el terrorismo”).

Una persona hiper-estimulada por el bombardeo publicitario, sufre un aumento de excitación, y si carece de un aparato psíquico maduro, capaz de discernir y neutralizar los estímulos innecesarios, y es incapaz de tolerar la sobrecarga de información erotizada y potencialmente apetecible provocada por el imperativo publicitario, no tendrá la capacidad para contradecir los designios de los grandes explotadores.

De este modo, la publicidad alimenta un proceso que tiende a generar una sociedad inmadura, dependiente, caprichosa, deseante y con baja tolerancia a la frustración.

Cuando logramos entender de qué se trata la manipulación mediática, cuando nos habituamos a leer el bombardeo publicitario como una forma de adoctrinamiento permanente al que nos somete el poder, cuando comenzamos a comprender las consecuencias de ese adoctrinamiento y quiénes son los que se benefician del mismo, hemos dado un paso adelante en nuestra concepción de la realidad y ya no podemos volver a atrás. Es el momento en que comenzamos a despertar, comenzamos a dejar de ser las víctimas ingenuas de la violencia que sobre nosotros ejercen quienes pretenden dominarnos, comenzamos a ampliar nuestra capacidad de conciencia sobre el mundo y sobre nuestra propia vida, y nos volvemos capaces de tomar ¡por primera vez! el control de nuestra realidad.

En la medida que el pensamiento más maduro, reflexivo, racional y realista, logra imponerse como principio regulador de nuestra conciencia, hace que la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúe por los caminos más inmediatos y caprichosos, sino que se encuentra intervenida por la reflexión racional, y se vuelve capaz de aplazar su consecución según la valoración que realizamos de las necesidades reales propias y del mundo exterior.

Someter a los anuncios publicitarios a una “Prueba de Realidad”, es una muestra de nuestra voluntad por no dejarnos manipular tan fácilmente por el poder; y es una precondición indispensable para convertirnos en ciudadanos maduros, capaces de defender nuestros derechos y nuestra autonomía; críticos, para advertir y condenar todo aquello que se nos impone en contra de nuestros propios intereses: las injusticias sociales, la desigualdad y la explotación salvaje de los trabajadores y los recursos naturales; y responsables, en relación al consumo, a la preservación de la naturaleza y la vida.

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Pie de Página:

* Paul Joseph Goebbels fue el ministro de propaganda de la Alemania Nazi, figura clave en el régimen y amigo íntimo de Adolf Hitler.

** Un oligopolio es una forma de mercado en la cual éste es dominado por un pequeño número de vendedores (oligopólicos). Debido a que hay pocos participantes en este tipo de mercado, cada oligopólico está al tanto de las acciones de los otros. Las decisiones de una empresa, afecta o influencia las decisiones de las otras. Por medio de su posición ejercen un poder de mercado provocando que los precios sean más altos y la producción sea inferior. Estas empresas mantienen dicho poder colaborando entre ellas evitando así la competencia.

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Fuente: http://www.proyectosquatters.blogspot.com
Escrito y Realizado por: Julián Pellegrini – Proyecto Squatters

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