El fútbol, ficción de multitudes… Negocio de unos pocos

“No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es una patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del ’37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”. (Borges y Bioy Casares)

Con fina ironía e indudable cinismo, los escritores advierten sobre el avance del poder de las cadenas televisivas sobre el fútbol. Cuarenta años después de aquel relato, la comercialización de los derechos de transmisión representan la piedra basal de los ingresos de los clubes y las asociaciones de fútbol. De los 20 clubes más importantes de Europa, sólo el Celtic escocés percibe una suma mayor por la venta de entradas que por los derechos televisivos.

La asociación con las empresas televisivas posibilitó un crecimiento exponencial del volumen de negocios que gira alrededor del fútbol. Los adelantos tecnológicos en la transmisión satelital y la expansión de los canales de cable brindan difusión en directo en todo el mundo. Se consolida un esquema con dos polos: emisión centralizada, recepción privatizada (y abonada vía pay-per-view).

Manchester United, Real Madrid, Barcelona o Boca Juniors venden camisetas y organizan giras por los rincones más lejanos del planeta. La última final de la Supercopa de Italia entre Lazio (de Roma) e Inter (de Milán) se jugó en el Estadio Olímpico de… Beijing.

Conocidos de forma internacional, el precio de la transferencia de los jugadores llega a tasas astronómicas. La difusión masiva del fútbol atrae más sponsors y potencia la venta de merchandising deportivo. La lógica de consumo eleva los montos en juego pero, a la vez, empobrece a los clubes.

Las empresas televisivas gobiernan e imponen condiciones sobre los contratos. Los clubes reciben menos dinero por los derechos de televisación y cae la venta de entradas. Vacías, las hinchadas son hegemonizadas por las barras bravas.

La transmisión en directo requiere novedad perpetua. El rating no sólo exige resultados a los clubes, también noticias explosivas y escándalos minuto a minuto. Como los políticos y las estrellas de la farándula, los futbolistas se someten a una lógica implacable: hoy ser es ser visto en televisión. Jugadores con más horas en pantalla que partidos en primera se transforman en astros indispensables.

Técnicos y futbolistas se vuelven recursos disponibles. Y siempre reemplazables. Ante la primera derrota, hay que realizar recambios. Poco valen las glorias vividas en el torneo anterior, todo es presente continuo. Pero sorprender con algo nuevo requiere dinero no presupuestado. En plena
temporada deben salir a la caza del jugador del momento. Los futbolistas se acumulan en los planteles y los clubes llegan a pagar el sueldo del técnico actual y de dos o tres anteriores de forma simultánea. Las exigencias obligan a contraer deudas a futuro. Los clubes más chicos, con menos ingresos por derechos televisivos y venta de merchandising, se ven obligados a vender jugadores que sólo son promesas...

Mientras, señalan Borges y Bioy, “el género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marca gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone”.

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Fuente:
Extracto del artículo “Borges, Bioy y el fútbol”, de Manuel Barrientos

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