Los más chicos: el target predilecto de las corporaciones

Los niños resultan vulnerables a la invasión publicitaria porque son menos capaces que los adultos de comprender que el propósito de la publicidad no es informar de la existencia de algo bueno y divertido, sino persuadir y provocar al espectador para imponer unos estilos de vida, unos valores definidos, una visión sobre la realidad y, de paso, vender una marca.

Los creativos publicitarios y sus jefes gustan de apuntar sus dardos venenosos contra los más pequeños, por varios motivos: en primer lugar, el dinero que los niños pueden gastar irreflexivamente; segundo, la influencia que pueden ejercer los niños sobre los padres mediante los berrinches y caprichos, funcionando como pequeñas agencias representantes de las corporaciones en el seno de la familia; y por último – el motivo más importante-, la huella que imprimen a fuego en esa pequeña persona, comenzando a construir desde la más tierna infancia lo que denominan “lealtad hacia la marca”, teniendo en cuenta el dinero que estos niños gastarán cuando sean adultos.

Uno de los principales obstáculos para crear un ambiente que capacite a los niños a tener dietas y estilos de vida saludables, es la publicidad, los patrocinios y las promociones. Es crucial que los mensajes que estimulan prácticas dietéticas malsanas, la alienación a los productos de consumo o la inactividad física, sean desterrados de los medios de comunicación, y en su lugar se impulsen mensajes positivos y saludables.

La televisión funciona como un hiponotizador masivo, emplazado en un lugar estratégico, para implantar segundo a segundo, unas creencias bastante específicas sobre la realidad. Una vez que esas creencias y categorías están implantadas en la mente de la población global, la información que percibimos a través de nuestros sentidos, la procesamos en función de esas creencias y esas categorías que hemos internalizado previamente a través de los medios. Lo que llamamos cultura de masas, la cultura mediático-consumista a la que está sujeta la población global, es en realidad, una forma de hipnosis masiva. Sin embargo, es posible encontrar cada vez más gente que comienza a ver y denunciar la manipulación que le resulta tan evidente. Empiezan a decirse a sí mismos: “Yo desperté, ahora puedo ver las cosas más claramente”, “Es tiempo de abrir los ojos”.

Cuando empezás a investigar los mensajes subliminales de la publicidad y la cultura mediático-consumista, lo que más sorprende no es tanto el hecho de que exista tal cosa, ni la impunidad con la que se exhibe, sino que lo que sorprende más es la escala en la que se desarrolla el fenómeno… Nuestra conciencia está siendo bombardeada por una explosión permanente de mensajes adictivos y de alto contenido ideológico. Mediante la repetición continua, estos mensajes adictivos y de aspecto altamente apetecibles, se implantan en forma subliminal en el psiquismo de los espectadores. La mente infantil, más tierna y vulnerable, absorve toda la información como una esponja en sus estratos inconscientes. Los arquitectos de esta gran ficción mediática en la que vivimos implantan estos pensamientos en un nivel subliminal, inconciente, para construir las subjetividades que serán funcionales a sus intereses. Luego, creemos que tenemos nuestros propios pensamientos, cuando lo cierto es que nuestras creencias más íntimas han sido performadas por la influencia de la culura de masas.


¿De dónde obtienen los niños su visión del mundo? ¿Cuáles son sus modelos? ¿De qué valores se apropian? En última instancia, ¿de quiénes son los niños? ¿De sus padres, o de la elite que controla los medios masivos de comunicación? Recuperemos a nuestros niños. Enseñémosle valores alternativos, construyamos en ellos una mirada crítica sobre la realidad. Démosle la oportunidad de luchar por su libertad. Apaguemos la televisión.

Fuente: Proyecto Squatters – http://www.proyectosquatters.blogspot.com

Una respuesta to “Los más chicos: el target predilecto de las corporaciones”

  1. Anonymous Says:

    Siempre hay alguien que está más al pedo que uno…

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